Bianca sintió que las cuadras que separaban la parada del autobús de la casa de Lola fueron las más largas y asfixiantes de su vida. Caminó con la cabeza gacha, escondiendo el rostro tras unas enormes gafas de sol, sintiendo el peso del mundo sobre sus hombros. Al llegar al desgastado edificio de apartamentos, subió los escalones casi sin aire y golpeó la puerta con los nudillos temblorosos.
En cuanto la puerta se abrió y la silueta familiar de Lola apareció en el umbral, la armadura de Bianca