Bianca regresó a la habitación principal arrastrando los pies, sintiendo que cada paso pesaba una tonelada. En cuanto cerró la puerta tras de sí, corrió hacia el tocador. Con las manos temblorosas y el pecho agitado por los sollozos contenidos, tomó un par de pañuelos desechables y comenzó a limpiarse las lágrimas con desesperación, frotando sus mejillas para borrar cualquier rastro de debilidad antes de que fuera tarde.
Desde el baño principal se escuchaba el eco del agua cayendo con fuerza;