El salón principal de los Riva era un hervidero de alta alcurnia y bajezas humanas. Alessandro, con una copa de whisky en la mano y la paciencia colgando de un hilo, dictaba órdenes sobre los arreglos florales del futuro compromiso como si estuviera planeando una invasión militar. A su lado, Emma jugaba con un collar de diamantes, lanzando miradas hacia Alan, que permanecía de pie, tieso como un poste, a escasos dos metros de distancia.
—No quiero lirios, Alessandro. Son funerarios —dijo E