El aire dentro de la habitación era denso, saturado con el perfume floral de Emma y el olor a tormenta que parecía desprenderse de Alan. Él la tenía arrinconada contra la madera maciza de la puerta, las manos aprisionando sus muñecas, su respiración agitada chocando contra el rostro de ella. Estaban en el umbral del desastre, a un segundo de cruzar un punto de no retorno.
Pero entonces, la voz de Carmen, como un látigo de hielo, rasgó el pasillo exigiendo la presencia de Alessandro.
Emma