Alessandro barrió los papeles de su escritorio con un manotazo seco. La carpeta de cuero se estrelló contra la pared, desparramando documentos legales por toda la estancia.
—¡Es un secuestro, Carmen! ¡Me estás chantajeando con mi propio hijo! —rugió él, acortando la distancia con su abuela hasta quedar nariz con nariz—. ¡Es Emma! ¿De verdad crees que la usaré como moneda de cambio? ¡Es mi amiga de la infancia, la mujer con la que he compartido cada paso en la empresa!
—Precisamente por es