El silencio que quedó tras la salida de Bianca del comedor no era paz; era una ausencia física, un vacío que parecía succionar el oxígeno de la mansión. Alessandro permanecía inmóvil, con los dedos todavía crispados en el aire, como si aún pudiera sentir el rastro del vestido de ella deslizándose entre sus manos. El sonido de los cubiertos de su abuela, chocando contra la porcelana con una parsimonia irritante, fue lo único que rompió el hechizo.
—Siéntate, Alessandro —la voz de Carmen, aunqu