La silueta de Lola apareció por el pasillo del hospital corriendo a trompicones, con los ojos desorbitados por la angustia y la respiración entrecortada. En cuanto vio a Bianca sentada en las bancas de la recepción, sosteniendo el papel del alta voluntaria y la hoja con la orden de la cita ginecológica, se arrojó prácticamente sobre ella.
—¡Bianca! ¡Dios mío! —exclamó Lola, envolviéndola en un abrazo protector—. ¿Qué te dijeron? ¿Cómo estás? ¿El bebé...?
—Está bien, Lola. Todo está confirmad