Capítulo 2

El pequeño apartamento de Lola siempre olía a una mezcla intensa de laca para el cabello, tabaco mentolado y ese perfume barato de rosas que usaba para ocultar la humedad de las paredes. Era un refugio de seda, plumas y desorden en medio de un mundo de concreto y callejones grises. Sobre la cama de resortes vencidos, descansaba lo que ambas habían decidido llamar "la armadura": un vestido de lino color crema, de corte impecable, cuello alto y mangas tres cuartos que Lola guardaba celosamente para las raras ocasiones en que debía enfrentarse a la burocracia estatal.

—Párate derecha, niña, que no estás en la barra del club —ordenó Lola mientras tiraba de los lazos del cinturón con una firmeza que le sacó el aire a Bianca—. Una mujer de la alta sociedad no camina como si fuera a comerse el mundo a mordiscos; ella flota, como si el suelo no fuera lo suficientemente digno para sus zapatos. Y por el amor de Dios, deja de morderte el labio inferior o te vas a quitar el brillo natural que acabamos de lograr.

Bianca soltó una carcajada limpia, una de esas que rara vez se escuchaban en su propia casa, y comenzó a desfilar por el reducido espacio de la habitación. Exageró el movimiento de sus caderas, entornó los ojos verdes con fingido desdén y levantó la barbilla con un aire de superioridad tan artificial que resultaba hilarante.

—"Oh, querido Alessandro, mi linaje es tan puro como el diamante de mi anillo de compromiso, y jamás he visto un billete de baja denominación en mi vida" —imitó Bianca, afinando la voz con un tono agudo y nasal que hizo que Lola estallara en una risotada ruidosa—. ¿Qué tal? ¿Así está bien, o necesito parecer un poco más aburrida y estirada para convencer al millonario?

Sin embargo, la risa de Lola se fue apagando lentamente, disolviéndose en el aire pesado del cuarto. Se sentó en el borde de la cama, dejando caer las manos sobre sus piernas, y miró a su amiga con una seriedad tan profunda que calaba los huesos.

—Bianca... hablando en serio. ¿Realmente estás bien con todo esto? —preguntó en un susurro cargado de genuina preocupación—. Esto no es como los servicios del club. No es una noche incómoda que olvidas al día siguiente con una ducha caliente y el dinero en la cartera. Es un embarazo. Son nueve meses llevando algo dentro de ti, viendo cómo cambia tu cuerpo, para luego tener que entregarlo, dar la vuelta y pretender que nunca pasó. No volverás a ver a ese niño, Bianca.

Bianca se detuvo en seco frente al espejo gastado. Se observó en silencio, analizando el reflejo transformado que le devolvía el cristal. La máscara de "chica buena", dulce e inocente, ya estaba perfectamente colocada sobre su rostro, pero detrás de las capas de maquillaje sutil, sus ojos verdes seguían siendo los de una fiera acorralada, los de una verdadera sobreviviente de los suburbios.

—He vendido mi cuerpo desde que tenía diecisiete años, Lola —respondió, y el tono de su voz fue tan frío y cortante que le dolió a ella misma—. He dejado que hombres asquerosos y extraños me tocaran, me usaran y me miraran como si fuera basura, todo a cambio de unos billetes arrugados. Y lo hice solo para que el maldito de mi padre no muriera en una zanja, o de hambre, o por una cirrosis que de todas formas se está buscando. Esta es mi última oportunidad real de cambiar mi destino. De tener un capital de verdad, ser alguien nueva y alejarme de ese viejo y de sus deudas de una vez por todas. Prefiero vender mi vientre una sola vez por una fortuna, que seguir vendiendo mi piel cada noche por monedas el resto de mi vida.

Con pasos suaves, Bianca se acercó a Lola. Se arrodilló frente a ella y, con una ternura que guardaba bajo llave para casi todo el mundo, extendió los dedos para acariciar con delicadeza un moretón amarillento que asomaba en el pómulo izquierdo de su amiga.

—Tienes que dejar al desgraciado de Carlos, Lola. Ya basta. La próxima vez que intente levantarte la mano, no te quedes callada. Defiéndete, o defiéndamonos juntas. No dejes que ese infeliz te apague la luz.

Lola suspiró profundamente, cerrando los ojos ante el contacto cálido de Bianca.

—Tú sabes cómo es el amor, niña. Es una enfermedad que te ciega y te debilita. Pero prométeme una cosa: pase lo que pase en esa mansión, nunca te vas a enamorar de ese millonario. Los hombres como Alessandro Riva no ven a mujeres como nosotras como seres humanos; para ellos somos herramientas, juguetes o adornos. No vayas a caer en su trampa.

—¿Amor? —Bianca soltó una risa seca y coqueta mientras terminaba de acomodarse un mechón rebelde detrás de la oreja—. Yo no creo en los cuentos de hadas, Lola. El amor es un invento de los ricos, un lujo para los que tienen tiempo de sobra y la barriga llena. Jamás caería en una estupidez semejante. Mi corazón está blindado.

Cuando Bianca cruzó el umbral del edificio, lucía absolutamente impecable. El vestido prestado por Lola le sentaba como un guante y el peinado recatado camuflaba por completo a la mujer que dominaba las noches del club. Caminaba con elegancia, pero la cruda realidad de su barrio no tardó en salirle al encuentro. Sentada frente a su enorme sartén de aceite hirviendo, doña Rosa, la vecina más chismosa y venenosa del sector, la escaneó con ojos de víbora.

—¿Y ahora a dónde vas tan emperifollada y fina? —se mofó la mujer a voz en cuello, asegurándose de que los pocos transeúntes la escucharan—. ¿Es que te cambiaste de esquina o ahora resulta que cobras en dólares? Que yo sepa, tu horario de trabajo es cuando se apaga el sol. No me digas que ahora abriste turno diurno para los clientes ejecutivos.

Bianca sintió una oleada de fuego recorrerle las venas y la tentación de arrancarle los pelos a la vieja casi la domina, pero recordó los consejos de Lola. Mantuvo la espalda rígida, clavó sus ojos verdes en la mujer y forzó una sonrisa de absoluta serenidad.

—Voy a mi nuevo empleo, señora Rosa. Un trabajo de día, decente y excelentemente pagado.

—¿Ah, sí? ¿Y de qué podría trabajar una salvaje como tú? —insistió la anciana con una malicia destilada, cruzándose de brazos.

Bianca sintió un leve destello de nerviosismo. No podía decir la verdad, así que su mente, siempre rápida y astuta, disparó la primera mentira creíble que encontró:

—De niñera. Una agencia internacional me contrató para cuidar a los hijos de una familia sumamente importante de la zona alta.

La carcajada que soltó doña Rosa fue tan ruidosa y vulgar que un par de palomas salieron volando del techo.

—¡Niñera! ¡Por favor! ¡Nadie en su sano juicio contrataría a una puta para que le cuide a sus hijos! ¡Los vas a terminar contaminando con solo mirarlos, muchacha descarada!

El fino hilo del autocontrol de Bianca se rompió en mil pedazos. Ya harta de los insultos de esa mujer ella caminó con paso firme hacia el puesto, le dedicó una mirada coqueta y letal a la mujer y, con un movimiento rápido y certero de su tacón, pateó la base de madera que sostenía la bandeja principal. El soporte cedió y toda la mercancía —empanadas, frituras y masa cruda— voló por el aire antes de estamparse contra el suelo polvoriento y lleno de tierra.

—¡Maldita seas, desgraciada! ¡Me vas a pagar hasta el último centavo de esto! ¡Llamaré a la policía! —bramó doña Rosa, roja de la ira, mientras intentaba salvar algo del fango.

Bianca se dio la vuelta y se alejó a paso elegante, riendo a carcajadas mientras el sonido de los insultos se perdía a su espalda. Tomó el primer autobús hacia el norte de la ciudad, viendo cómo el paisaje cambiaba de fachadas agrietadas a imponentes rascacielos de cristal y avenidas arboladas.

Al bajarse frente a la imponente mansión de la familia Riva, el estómago se le dio un vuelco. La fila de mujeres le daba la vuelta a la manzana. Todas eran rubias, todas tenían ojos claros y figuras esbeltas; el millonario realmente estaba buscando un clon exacto de su difunta esposa. Sin embargo, Bianca las observó con detenimiento y una sonrisa de suficiencia apareció en sus labios. Eran copias deslavadas. Ninguna de esas chicas de sociedad tenía el fuego, la chispa ni la gracia que ella poseía. Bianca siempre había sido la mujer más deslumbrante en cualquier rincón oscuro que pisara, y bajo la intensa luz del mediodía, su belleza resultaba simplemente demoledora.

Después de dos tediosas horas de espera, las puertas de roble se abrieron y un mayordomo de expresión fúnebre pronunció su nombre real:

"Bianca".

Al cruzar el umbral del despacho principal, el aire acondicionado la recibió como una bofetada de hielo, congelándole las palabras en la garganta. El lugar destilaba un lujo silencioso y opresivo. Y allí, sentado detrás de un monumental escritorio de caoba que parecía un altar dedicado al poder absoluto, vio por primera vez al protagonista de su nueva vida: Alessandro Riva. El hombre ni siquiera levantó la vista de los papeles que revisaba, pero la densidad del aire cambió por completo en cuanto ella pisó la alfombra. Bianca supo, con el latido acelerado de su corazón, que el juego más peligroso de su existencia acababa de comenzar.

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