Darragh llegó exactamente veinte minutos después. No llamó a la puerta, sino que entró y se quedó en la puerta contemplando a su Luna en aquel vestido rojo.
Ella lo observó en silencio, bebiéndose cada centímetro de su mate que lucía imponente con el traje hecho a la medida y que no disimulaba los hombros anchos; era impresionante verlo ahí… contemplándola como si fuera una criatura exótica y preciosa.
—¿Ya nos vamos? —preguntó ella.
Darragh cerró detrás de él y asintió.
—Te ves bien, Gianna —r