—Entiendo —musitó Gianna a punto de creer fielmente en la combustión espontánea—. ¿Y qué debemos hacer para compartir el aroma…?
Darragh subió lentamente la mano hasta el cuello de Gia, era tan frágil y a la vez fuerte; no quería admitir lo mucho que le gustaba esa mezcla.
Gianna estaba segura de que el lobo podría matarla con una mano, aun así le gustó ese peligro y el deseo que brotaba de su mate.
—Acércate, loba —ordenó él.
Y ella obedeció como si Darragh le hubiera hablando en una lengua