A la mañana siguiente, Sofía se despertó sintiendo un extraño olor en el aire. Se incorporó lentamente en la cama, sus sentidos aún adormilados, pero el aroma a quemado la hizo fruncir el ceño. Saltó de la cama y, sin pensarlo mucho, se dirigió a la cocina, temiendo lo peor.
Cuando llegó, se encontró con una escena de caos. Estuardo, descalzo y con una expresión de pánico, estaba batallando con un sartén del que salía humo. Intentaba apagar el fuego con movimientos torpes, una toalla en mano, m