Estuardo, preocupado por la ropa empapada de Sofía, buscó una toalla grande en uno de los armarios y se acercó a ella, con una sonrisa suave.
—Deja que te ayude a secarte —dijo, envolviéndola con la toalla.
Sofía lo observó, nerviosa, su corazón latiendo rápidamente en su pecho. La cercanía de Estuardo la inquietaba de una manera que no terminaba de comprender. Él comenzó a secar sus brazos y su cabello con cuidado, pero pronto la tensión entre ellos empezó a intensificarse.
Estuardo, en un ge