Joaquín Duque caminaba de un lado a otro por la reluciente madera del piso del gran salón de la hacienda, observaba impaciente la hora, y Miguel no aparecía.
De pronto escuchó el rugido de un motor, observó desde el ventanal la camioneta doble cabina de Malú, sabía que Juan Andrés la tenía, enarcó una ceja, miró bajar del vehículo a Juan Miguel, a Paula, y al pequeño Cris.
El señor Duque inhaló profundo, y espero a que entraran, como era de esperarse Andrés no lo hizo.
—Buenas tardes, papá —