Al día siguiente.
Mariela arrastró su maleta por la baldosa del aeropuerto, se acercó a la ventanilla de la aerolínea para realizar el registro de su equipaje. Y luego de cumplir con esos trámites tomó asiento en las sillas de la sala de espera.
Unos minutos más tarde, anunciaron su vuelo, se puso de pie, y empezó a caminar en dirección a la pista.
«Espero ella te haga feliz» dijo en su mente.
—¡Qué nadie se mueva!
La voz gruesa de un oficial de policía la sobresaltó, y la sacó de sus cavil