XXXII El dios del sexo

La cita para almorzar de Luka había resultado ser un amigo de su época universitaria. El primer amigo de Luka que Alessa conocía. Se enfocó en que este encuentro fuera mucho mejor que con la familia. Ignoró la bella sonrisa del hombre, lo agradablemente definidos de sus hombros, el mentón firme y cuadrado. Sólo tenía ojos para Luka y su lechuga.

La voz no podía ignorarla. Era grave y con buena entonación, como de locutor de radio. Se le erizaban los vellos de los brazos al oírlo y lo detestaba.
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