LVIII Imperfecta

Luka cerró los ojos y sintió que el tiempo se detenía. No hub0 sonidos de pasos en el hospital, ni el chirriar de las ruedas de los carritos sobre el piso cerámico o la voz robótica del altoparlante que llamaba por alguien, mucho menos las conversaciones de todos los que se agolpaban en el lugar. El cerró los ojos y se imaginó en la casa cerca del lago casi seco, con su granja de hormigas y Alessa en el sofá. Una partida de ajedrez volvería aquella escena perfecta. Habían tenido una vida perfecta.

Todo lo que podía recordar del pasado tenía un cierto encanto que lo hacía perfecto: la adicción al sexo de Alessa, sus travesuras en el baño del bar, las secuelas neurológicas que poco a poco iban dejando atrás, la silla de ruedas. Todo era perfecto.

Ya nada sería perfecto.

El aroma a descomposición que les contaminó los pulmones a Luka y a Florencia era del cuerpo de Martín, que se reveló como el culpable del secuestro pese a que las ratas le dejaran la cara irreconocible. En algún moment
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