Samanta
Me encontraba tirada en mi cama, mirando la pantalla del celular como si se tratara de algo hipnótico, de lo cual no podía apartar la vista.
De cierta manera, lo era.
No podía dejar de reproducir el video de Marcos cantando en aquella hermosa plaza repleta de árboles, que le daban un toque íntimo y natural. Habían pasado dos días desde aquel paseo y, por algún motivo, sentía que después de ese viaje exprés mi percepción de Marcos había cambiado.
Antes pensaba que era el típico mujeriego