Eduardo movía los dedos desesperados sobre la mesa, mirando con furia a su madre, Yolanda.
Habían pasado días desde la lectura del testamento, pero su rabia seguía hirviendo como lava.
—¿Cómo puedes ayudarme? —preguntó con un tono cortante, como si cada palabra estuviera impregnada de reproche.
Yolanda, aunque altiva por fuera, sentía la presión en su pecho. No podía permitir que su hijo, su único hijo, se hundiera. Apretó su taza de café, incapaz de sostener la mirada inquisitiva de Eduardo.
—¡