Salvador mantuvo la mirada fija en Franco, su rostro endurecido por la mezcla de rabia y cansancio.
Negó lentamente antes de responder, con la voz grave y firme:
—No quiero nada, ni un solo centavo. Pero si quiere que esto termine de una vez, hable con su hija. Si ella acepta, le daré el divorcio.
Franco apretó los labios, indignado, mientras Alma daba un paso al frente con los ojos ardiendo de ira.
—¡Papá! ¿Cómo puedes pedir algo así? —exclamó con la voz quebrada, pero cargada de rabia contenid