Al día siguiente.
La cafetería estaba llena de murmullos y el aroma del café recién hecho.
Alma había invitado a Marella, ella atendía la cafetería porque estaba encantada con todo esto, le gustaba atender a la gente, hacer el café como Salvador le había enseñado.
Alma, ya estaba sentada en una de las mesas del fondo, su cabello recogido en un moño relajado mientras removía el azúcar de su taza.
Al ver entrar a Mora, su rostro se iluminó, y ambas corrieron a abrazarse como dos hermanas que no se