Marella se soltó de su agarre con fuerza, el eco de su respiración agitada resonando en el pasillo silencioso.
—¡Sí, voy a tener un hijo de Dylan! —dijo, su tono firme, aunque sus manos temblaron cuando tocó su vientre con delicadeza—. Y me siento la mujer más bendecida de la tierra. —Su sonrisa desbordaba orgullo, pero en sus ojos brillaba una chispa desafiante—. Gracias, Eduardo, por dejarme por Glinda. ¡Me hiciste el mejor favor de mi vida, perdedor!
Eduardo dio un paso hacia ella, con las ma