Al día siguiente
El sonido insistente del teléfono despertó a Dylan, quien, todavía somnoliento, extendió la mano hacia la mesita de noche.
Al contestar, una voz grave y profesional le habló al otro lado de la línea.
—Señor Aragón, soy el abogado de su abuelo. Como dejó estipulado en su testamento, un día después de su entierro debemos proceder a la lectura del documento. Le esperamos en nuestro despacho en una hora.
Dylan permaneció en silencio por unos segundos, asimilando las palabras.
—Enten