Marella no podía creer lo que estaba sucediendo. Su mirada se fijó en el vino derramándose sobre su vestido, las manchas carmesí se extendían como un cruel recordatorio de la humillación que estaba sufriendo. Sus ojos, enrojecidos y llorosos, se elevaron hacia Eduardo, y un profundo dolor la atravesó. «¿Cómo pude amar a un hombre tan cruel como tú, Eduardo? ¡Eres malo!», pensó, sintiendo que su corazón se rompía en pedazos.
No pudo soportarlo más. La risa cínica de Eduardo resonó en sus oídos, c