Marella abrió los ojos, su respiración agitada mezclándose con el eco del disparo que aún resonaba en su mente.
La pistola cayó al suelo con un sonido metálico, y un estremecimiento recorrió el lugar.
Era un milagro: Eduardo estaba ileso, y Máximo había logrado desviar el disparo hacia el cielo en el último instante.
Pero el aire se sentía cargado, como si la tragedia solo hubiese cambiado de forma.
Máximo miró a Eduardo, sus ojos cargados de un dolor indescriptible.
Ambos estaban rotos, pero de