Eduardo sentía cómo la rabia lo consumía. Cada vez que su mirada caía sobre Marella, de pie junto a Dylan, rodeada de un ambiente de felicidad, sentía como si un hierro candente perforara su pecho. Con el ceño fruncido y el corazón en llamas, se alejó del grupo.
Tomó una copa de whisky de la mesa más cercana y comenzó a beber, casi vaciándola de un trago. El líquido quemaba su garganta, pero la amargura en su interior lo superaba.
Glinda se acercó a él, con una expresión de preocupación evidente