—¡Este hijo es de Eduardo! ¡Lo juro, es un Aragón!
Yolanda aflojó su agarre en la mujer, quien comenzó a sollozar, nerviosa.
—Más te vale que así sea.
Yolanda fijó sus ojos en ella.
—Necesitamos a un verdadero heredero. Si ese niño no es de Eduardo... ¡Dios mío! El abuelo jamás le perdonaría que haya lastimado a Marella por tu culpa. ¿Me entiendes? —Su voz era un susurro cortante—. Créeme, no querrás tenerme como enemiga.
Con un último toque en su mejilla, Yolanda se marchó. Glinda, temblorosa,