Al salir de la sala de juicio, Salvador sentía que su mundo se desmoronaba.
Caminaba con pasos pesados, los ojos enrojecidos por la rabia y el dolor.
Franco iba detrás de él, con un semblante tenso y decidido.
—¡Vamos a impugnar, Salvador! —exclamó Franco, con voz firme—. Esto no puede quedarse así, esa mujer no tiene derecho.
Salvador se detuvo abruptamente y giró para enfrentar a su amigo. Su rostro, marcado por la desesperación, temblaba de indignación.
—¿Y mientras tanto? —dijo con un nudo e