Dylan y Franco emergieron del juzgado como dos sombras envueltas en un torbellino de flashes y preguntas.
Los reporteros se agolpaban a su alrededor, ansiosos por arrancarles cualquier palabra que pudiera convertirse en titular. Pero ambos permanecieron en un silencio impenetrable, subieron al auto y dejaron atrás el bullicio.
—Vamos rumbo a esa casa —indicó Dylan con voz firme.
El chofer arrancó, dirigiéndolos hacia las exclusivas residencias al norte de la ciudad.
El trayecto transcurrió en un