Más tarde, Dylan subió a la alcoba.
La habitación estaba tranquila, solo interrumpida por la suave melodía que Marella cantaba a su hijo en sus brazos. El canto de cuna era casi un susurro, una canción suave que resonaba como una promesa de protección.
Dylan se detuvo en el umbral, observando con ternura cómo Marella acunaba a su hijo.
Su rostro se iluminó con una sonrisa cuando vio la escena, pero también la tristeza lo envolvió de nuevo, sabiendo que nada podía cambiar la situación.
Cuando su