Máximo vaciaba una botella de vino tras otra, como si el alcohol pudiera ahogar la tormenta que rugía dentro de él. La música resonaba en cada rincón del departamento, estruendosa, opacando los débiles sollozos de la pequeña Mora. Su llanto parecía no detenerse, pero Máximo estaba demasiado embriagado como para notar el dolor de la bebé.
Al intentar dar un paso hacia la cocina, sus piernas flaquearon, y su cuerpo se desplomó en el suelo con un golpe seco. La botella se le resbaló de la mano, der