—¡Franco! No puedes hacer esto —la voz de la mujer temblaba, casi en un susurro que trataba de contener su miedo
—Ah, ¿no? ¿Y tú sí puedes engañarme? —replicó Franco con una frialdad que heló el aire entre ambos—. Parece que, además de traicionera, eres una egoísta.
Ella bajó la mirada, derrotada, intentando ocultar el dolor en sus ojos.
—Está bien, si eso es lo que quieres…
Franco la observó con una mezcla de desdén y desconfianza.
—Mañana quiero que traigas a ese "socio" tuyo. Nos pondremos de