—¡Salvador! ¡Es por el bien de Florecita! —Alma gritó, con la voz quebrada por la desesperación—. Si no me quedo con Bernardo, él hará que tu madre no desista de quedarse con la custodia de Florecita. No quiero que ella sufra por mi culpa… No quiero que crezca lejos de ti, con una madre malvada, sin amor, por mi error —dijo entre sollozos, su cuerpo temblando, atrapado entre la culpa y el miedo.
Salvador, con el rostro retorcido por la ira, negó con violencia.
Su pecho subía y bajaba con fuerza,