—¿Qué es lo que dices, Valentino? —preguntó Marisol, con la voz apenas un susurro, temblando entre la incredulidad y la esperanza.
Él dio un paso hacia ella y acunó su rostro entre sus manos con delicadeza, como si temiera que cualquier movimiento brusco pudiera romper el instante.
Sus ojos, intensos y claros, se clavaron en los de ella, buscando transmitir toda la verdad que las palabras por sí solas no podían abarcar.
—Esa noche… —comenzó él, con la voz ronca, cargada de emoción—, fui drogado.