Pasaron diez largos minutos que parecieron horas.
La iglesia estaba silenciosa, salvo por los murmullos nerviosos de los invitados que empezaban a inquietarse ante la tardanza del novio.
Finalmente, un auto negro se detuvo frente a la entrada, y Marisol bajó con cuidado, ajustando su vestido de encaje que caía sobre sus pies como un río de blancura. Su corazón latía con fuerza, y cada paso que daba parecía resonar en toda la capilla vacía.
Anabela, que estaba en el altar revisando los últimos de