Marisol la miró con tristeza, con lágrimas, pero no dijo nada, no podía, solo asintió.
Así que simplemente… se dio la vuelta.
Y se fue.
Detrás de ella, Anabela rompió en un llanto aún más fuerte, desgarrador, como si intentara retenerla con ese dolor que se desbordaba sin control.
Pero Marisol no se detuvo. No volteó. No podía hacerlo. Si lo hacía, sabía que no tendría el valor de marcharse.
El pasillo del hospital se le hizo interminable.
Cada paso retumbaba en su cabeza como un recordatorio de