El rugido furioso de Eliseo estremeció el cementerio.
—¡Mientes! —bramó fuera de sí.
Sus ojos estaban inyectados de rabia y dolor. Antes de que alguien pudiera reaccionar, se lanzó contra el hombre con toda la intención de golpearlo. El desconocido apenas alcanzó a retroceder cuando los guardaespaldas se interpusieron entre ambos y sujetaron a Eliseo con fuerza.
—¡Suéltame! ¡Te voy a matar! —rugió, forcejeando.
La lluvia caía lentamente sobre las lápidas, mojando el cabello oscuro de Eliseo y pe