Odiaba los besos. Los odiaba con toda mi alma. Los consideraba asquerosos y vomitivos. O eso pensé.
Al estar unida con Vinicius, no sentí nada parecido. Ni asco, ni ganas de vomitar. Todo lo contrario. Sentía un hormigueo agradable dentro de mi estómago, en mi piel, en los labios.
Su lengua jugó con la mía y retrocedí, asustada de lo que estaba sintiendo, pero él me lo prohibió. Su mano se enredó en mi cabellera blanquecina, manteniéndome en mi lugar.
Un calor placentero se abrió paso en mi v