—¿Guardaespaldas? —repetí, incrédula.
—Sí, Kiara. Los contraté para que nos cuidaran después de que te atacaron en el hotel —Su frente estaba arrugada por la confusión.
Sentí que el corazón se me iba a salir del pecho.
Pensé que lo iban a matar, que le iban a disparar. y se desangraría en el suelo.
Me llevé una mano a la boca, cubriéndola, porque tenía miedo de lo que fuera a salir de mi garganta.
—Pero, por lo que veo, son unos incompetentes —añadió. Por la distancia, dudaba mucho que lo