—Vamos, Kiara, ¡entremos! —La voz dulce de Charlotte me sacó de mi estupefacción, pero mis pies parecían clavados en la acera.
Lo que acababa de ver no podía ser real. Debía estar soñando o mi mente, confundida por las luces y el gentío, habían convertido a un extraño cualquiera en una aparición que aún me perturbaba en el fondo de la mente. Negué con la cabeza.
Charlotte, con la práctica soltura de quien está acostumbrada a multitareas, empujó la carriola hacia el interior de la lujosa bouti