El desayuno terminó con la promesa de una libertad que apenas podía creer. Sé que había jugado sucio y lo puse entre las cuerdas, pero si quería ganarle a ese malvado hombre de ojos grises, tenía que jugar con más astucia que él.
Mientras Frederick y Alexander pagaban la cuenta, Charlotte me guiñó un ojos con una sonrisa conspiratoria en sus labios perfectos. Parpadeé. ¿Me lo había imaginado o por qué había hecho eso?
No tenía tiempo para pensar en ello, ya que la emoción burbujeaba dentro