Al tercer día, me encontraba fresca como lechuga, según yo. Aún dormía como un tronco cada vez que tenía la oportunidad, pero al menos, ya no sentía la garganta llena de cenizas.
Y por sorprendente que me pareciera, Alexander había permanecido a mi lado durante estos tres días, solo se iba ocasionalmente unas horas y volvía. Suponía que tenía que ser por temas empresariales. A veces, me dormía y él no estaba, pero al despertar, estaba ahí.
Jamás había compartido tanto oxígeno con él.
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