La noche en Ciudad de México parecía más densa de lo habitual. Vir entró en la mansión De la Vega con la mandíbula tensa. Su costoso saco colgaba de uno de sus brazos, mientras que la corbata había desaparecido hacía rato. En el gran salón, Esperanza ya lo esperaba con una taza de té entre las manos.
—Has llegado tarde, Vir —dijo mientras dejaba la fina taza de porcelana sobre la mesa.
Vir se detuvo frente a su madre.
—Acabo de terminar los asuntos con los proveedores. Mateo ya organizó todo a