Aranza frunció el ceño con extrañeza.
— Mi nombre es Aranza — respondió, intentando alejarse de él.
Ernesto sacudió su rostro.
— ¡No te vayas!, por favor — suplicó, sin soltarla.
Aquella chica se estremeció al escucharlo.
— No lo haré —mencionó— , tranquilo — susurró con voz dulce y sujetó una de sus manos.
Ernesto presionó con firmeza su agarre, sus manos temblaron, ante su calidez.
— Tienes que descansar — explicó Aranza— , necesitamos que estés tranquilo, es muy importante — explicó— .