A la mañana siguiente.
Aranza salió de la casa rumbo a su trabajo, mientras caminaba hacia allá, el rostro de él en aquel sueño, se le venía a la mente, la manera tan tierna en la que tocaba, la forma tan apasionada en la que la besaba y recorría cada centímetro de su cuerpo.
Suspiró con nerviosismo al ingresar a la clínica, su corazón se agitó, mientras se colocaba la filipina.
—Buenos días —el doctor Martín la saludó.
—Hola, qué tal. —Sonrió. — ¿Cómo se encuentra nuestro paciente? —cuestio