Aranza se soltó de su agarre.
—Yo no le pedía nada —expresó—, no deseo tener trato alguno con usted —dijo con molestia—, no me agrada la gente que hace negocios sucios, le pido que mantenga su distancia —exigió.
Ezequiel bufó.
—¡A mí nadie me dice lo que tengo que hacer! —exclamó furioso—. Desde el día que te vi por primera vez en el campamento, me gustaste y no imaginas cuanto —refirió.
Aranza rodó los ojos.
—Yo elijo a la gente que deseo a mi alrededor y usted. —Lo señaló con su dedo índi