Capítulo 10
Aranza se soltó de su agarre.

—Yo no le pedía nada —expresó—, no deseo tener trato alguno con usted —dijo con molestia—, no me agrada la gente que hace negocios sucios, le pido que mantenga su distancia —exigió.

Ezequiel bufó.

—¡A mí nadie me dice lo que tengo que hacer! —exclamó furioso—. Desde el día que te vi por primera vez en el campamento, me gustaste y no imaginas cuanto —refirió.

Aranza rodó los ojos.

—Yo elijo a la gente que deseo a mi alrededor y usted. —Lo señaló con su dedo índice—, es una persona indeseable —manifestó—, no sólo para mí. —Miró a su alrededor—, sino para todos lo que viven y trabajan de manera honrada en el pueblo —gruñó.

Una bruma de cólera abordó al hombre por lo que de inmediato la tomó de la cintura y centró su gélida mirada en el dulce rostro de Aranza.

—Esas son pequeñeces —mencionó con descaro—, no me interesa agradarle a nadie —expresó presionándola con fuerza—. Bien dice el dicho que no somos monedita de oro para caerle bien a todos ¿o no?

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