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Ray no me atendió por teléfono sino en su tablet, que tenía apoyada contra algo para mantenerla parada. Estaba en una habitación acustizada, con guitarras colgando hasta del techo y varios amplis de coleccionista. Me saludó sentado a un par de pasos con una Gibson de museo sobre sus piernas.

—Hola, pendeja, tanto tiempo —dijo, alzando la vista de las cuerdas para sonreírme, sin dejar de tocar arpegios más bien al azar.

—Sí, lo siento, sé que he estado desaparecida en acción.

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