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Fruncí el ceño, porque sólo podía imaginarlo en un sentido puramente intelectual.

—Y de pronto lo comprendí. Estaba bajo la ducha en Roma, lo que sentía me hacía temblar las rodillas, y escuché que esta mujer me hablaba al oído. Y no hablaba en inglés. —Me enfrentaste esperando una reacción que no tuve, demasiado ocupada tratando de entender lo que me contabas. Sonreíste de costado—. De modo que tan pronto pude salir de la ducha, te llamé. Y ahí estabas, esperándome, un poco ebria y me

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