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No sé cuánto tiempo pasó, pero no podían faltar más que unos minutos para que saliera el sol cuando sentí un peso en mis hombros y el viento dejó de acariciarme. Un escalofrío me corrió de la cabeza a los pies al volver a tomar consciencia real de lo que me rodeaba.

Entonces advertí que el peso en mis hombros era mi propia campera, con la que acababas de envolverme. Me volví para agradecerte y encontré tu media sonrisa.

Y tus ojos.

Dios, ningún reflector, ningún rayo de s

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