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No sé cuánto tiempo pasó, pero no podían faltar más que unos minutos para que saliera el sol cuando sentí un peso en mis hombros y el viento dejó de acariciarme. Un escalofrío me corrió de la cabeza a los pies al volver a tomar consciencia real de lo que me rodeaba.

Entonces advertí que el peso en mis hombros era mi propia campera, con la que acababas de envolverme. Me volví para agradecerte y encontré tu media sonrisa.

Y tus ojos.

Dios, ningún reflector, ningún rayo de sol, ningún retoque digital podrían superar jamás la belleza de tus ojos reflejando el mar. Azul sobre azul, lo etéreo y lo tangible, viento y espuma.

Noté que fruncías el ceño y adelantabas una mano hacia mi cara, los labios entreabiertos como si fueras a hablar. Y cuando me tocaste la mejilla, me di cuenta que estaba llorando. Sonreí secándome las lágrimas e incliné la cabeza hacia vos. Entendiste, como siempre, y me abrazaste con todas tus fuerzas. Me apreté contra tu pecho respirando h

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