Capítulo 19. La cicatriz y el juramento de sangre
NARRADOR:
La lancha zumbaba a través de la acuamorta veneciana, el motor rugiendo contra el silencio de la noche. El conductor manejaba con una furia ciega, mientras Liana mantenía sus manos firmemente presionadas sobre el hombro herido de Lucifer. El abrigo de seda de él estaba empapado de una sangre tibia y espesa, un color demasiado oscuro bajo la luz de la luna.
Liana no sentía el frío ni el miedo; solo la urgencia de la supervivencia. No era un acto de piedad, sino una necesidad brutal: