Mientras tanto, en el pequeño obrador, Sofía estaba terminando su jornada. Se sentía mejor después de hablar con su madre y Clara, pero el vacío en su pecho seguía allí. Aún dudaba, aún le dolía la traición.
La campana de la puerta tintineó. Sofía levantó la vista, esperando a Manolo o a Dolores. Pero su corazón dio un vuelco al ver a Mateo de pie en el umbral. Llevaba una chaqueta de calle, no su chaquetilla de chef, y sostenía una pequeña caja de madera con delicadeza. Su rostro estaba tenso,